Superávit gemelos, dos economías distintas
Argentina logró alcanzar en dos momentos de los últimos 25 años el equilibrio fiscal y externo de manera simultánea: los llamados superávits gemelos. La primera experiencia ocurrió durante la presidencia de Néstor Kirchner, entre diciembre de 2003 y 2007; la segunda, bajo el gobierno de Javier Milei, a partir de 2024. Sin embargo, detrás de ambos episodios hay explicaciones profundamente distintas, tanto por su origen como por su contexto y, sobre todo, por las decisiones de política económica que los acompañaron.
El resultado fiscal primario mide la diferencia entre los ingresos y los gastos del Estado antes del pago de intereses de la deuda. Cuando este resultado es positivo, existe superávit: el Estado gasta menos de lo que recauda. Por su parte, la cuenta corriente de la balanza de pagos registra el intercambio de una economía con el resto del mundo: exportaciones e importaciones de bienes y servicios, rentas y transferencias. Cuando es positiva, ingresan al país más divisas de las que salen.
Tener ambos equilibrios al mismo tiempo representa una situación macroeconómica poco frecuente. Significa que el Estado no necesita endeudarse para financiar su gasto y que, además, la economía genera ingresos netos de divisas. En la historia económica reciente de Argentina, marcada por desequilibrios persistentes, encontrar ambos resultados de manera simultánea ha sido más bien la excepción.
La primera experiencia de superávits gemelos de este siglo se dio entre 2002 y 2009. Su antesala fue la profunda crisis política y económica de 2001 y 2002, período en el que Argentina llegó a tener cinco presidentes en una semana. Esa crisis incluyó la salida de la convertibilidad, la pesificación asimétrica, la ruptura generalizada de contratos, la declaración de default de la deuda pública y una devaluación que triplicó el valor del tipo de cambio.
En ese contexto crítico se licuó una parte importante del gasto público. Esto permitió que Néstor Kirchner asumiera la presidencia con superávits gemelos desde el primer día. Kirchner no tuvo que aplicar medidas para alcanzar esa situación: los superávits ya estaban dados al momento de su llegada al poder.
Por el lado fiscal, a partir de mayo de 2003 su gobierno comenzó a aplicar medidas de fuerte expansión del gasto público. Esto fue reduciendo el superávit heredado, aunque al mismo tiempo la recaudación crecía por el aumento de la presión tributaria. Por el lado externo, la devaluación encareció y contrajo las importaciones, mientras que las exportaciones se vieron favorecidas por el incremento de los precios internacionales de las materias primas, especialmente la soja y la energía.
Además, la pesificación asimétrica —que licuó parte de la deuda— y el default de la deuda pública redujeron de forma abrupta la carga de los servicios de deuda. Esto mejoró tanto el resultado financiero como la cuenta corriente, por el menor pago de intereses.
En términos de actividad, la economía sufrió en 2002 una recesión profunda, cercana al 13 % del PIB, seguida por una recuperación entre 2003 y 2008. Pero esa expansión no implicó necesariamente un aumento de la frontera productiva de la economía, sino una reutilización de recursos ociosos impulsada por políticas activas de estímulo a la demanda. Las medidas populistas terminaron llevando a Argentina a la crisis de 2009, año en que también se rompieron los superávits gemelos.
El gráfico muestra cómo la economía pasó del cuadrante superior derecho, con superávits gemelos entre 2002 y 2009, al cuadrante inferior izquierdo, con déficits gemelos entre 2011 y 2015.
Los resultados fiscal y externo positivos no se tradujeron en una acumulación sostenida de ahorro público ni en un esquema fiscal contracíclico. Por el contrario, dieron paso a una expansión persistente del gasto. Este proceso estuvo impulsado por el crecimiento del gasto social, la ampliación de subsidios —particularmente en energía y transporte—, el aumento del empleo público y mayores transferencias a las provincias.
A medida que estos componentes ganaron peso, los superávits comenzaron a erosionarse. El congelamiento de tarifas y la fijación de precios regulados provocaron un deterioro progresivo del sector energético, desincentivaron la inversión y derivaron, pocos años después, en un déficit de la balanza energética. Para 2009, el superávit fiscal primario se había reducido de manera significativa, hasta 1.1 % del PIB, y hacia 2010 la cuenta corriente comenzó a registrar déficit.
Durante los años siguientes, ya bajo la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, el contexto internacional dejó de ser tan favorable y la economía consolidó desequilibrios fiscales y externos persistentes. Desde 2011 hasta 2023, todos los años registraron déficit fiscal. En ese período, el financiamiento del déficit se apoyó en distintas fuentes, incluyendo el uso de los fondos provenientes de la estatización del sistema previsional y, de manera creciente, la emisión monetaria, con consecuencias sobre la inflación y la estabilidad macroeconómica.
Entre 2010 y 2023, la cuenta corriente de la balanza de pagos también fue deficitaria, con excepción de 2020 y 2021. En esos dos años hubo superávit, pero principalmente por la fuerte contracción de las importaciones —mayor que la de las exportaciones— en el contexto de la pandemia y por las restricciones cambiarias, no por una mejora estructural de la competitividad.
En octubre de 2011 se implementaron restricciones a la compra de divisas ante su escasa disponibilidad, asociada tanto al deterioro del saldo energético como a la dinámica de la demanda interna. Desde entonces, el funcionamiento del sector externo quedó cada vez más condicionado por regulaciones.
El excedente generado y su sostenimiento
Los superávits fiscal y externo observados durante la gestión de Javier Milei se construyeron desde una situación macroeconómica inicial muy distinta a la de comienzos de los años 2000. A fines de 2023, la economía presentaba un déficit fiscal primario de 3.4 % del PIB, un déficit de cuenta corriente de 3.2 % del PIB —equivalente a USD 20,751 millones—, un elevado déficit cuasifiscal vinculado a los pasivos remunerados del Banco Central, reservas internacionales netas negativas, una inflación anual superior al 200 % y una brecha cambiaria mayor al 170 %.
La corrección fiscal se basó en una fuerte reducción del gasto primario en términos reales. Esta fue resultado de una combinación de medidas: achicamiento de la estructura del Estado, revisión de las transferencias a provincias, recorte de la obra pública y recomposición gradual de precios relativos, junto con una reducción de los subsidios económicos. Como consecuencia, desde comienzos de 2024 se alcanzó un superávit fiscal primario que se sostuvo a lo largo del período. En algunos meses, además, se registraron resultados financieros positivos, algo todavía más infrecuente en la historia argentina reciente.
A diferencia del episodio de superávits gemelos de 2003 a 2009, el proceso actual se consolidó en un entorno internacional adverso, con precios de exportación en caída. El resultado fue producto de una disciplina fiscal firme y de un ordenamiento decidido de los precios relativos, que permitió equilibrar las cuentas públicas incluso frente a los profundos desequilibrios financieros y la elevada inflación recibida.
En el frente externo, la mejora del saldo respondió a un cambio en la dinámica comercial. El punto de partida fue la corrección cambiaria de diciembre de 2023, que devaluó el peso y llevó el dólar oficial de $367 a $800. Esa medida encareció las importaciones y ayudó a recomponer la competitividad exportadora. Así, en 2024 se alcanzó un superávit de cuenta corriente de USD 5,700 millones, equivalente al 0.9 % del PIB, revirtiendo el déficit comercial heredado.
Ese resultado no estuvo acompañado por un contexto externo favorable. Los precios internacionales de exportación cayeron durante el período, por lo que la mejora se explicó principalmente por el aumento de las cantidades exportadas. En 2025, la cuenta corriente volvió a ser deficitaria, pero por razones estructuralmente distintas a las de los períodos anteriores, marcados por el deterioro del sector energético y los subsidios a las importaciones.
El déficit sería transitorio, explicado principalmente por el turismo emisivo y el pago de rentas a inversores. Al cierre de abril de 2026, Argentina recuperaría nuevamente los superávits gemelos, con un superávit primario superior al 1 % del PIB y un superávit en cuenta corriente proyectado de 0.5 % del PIB. El gráfico también muestra esta dinámica: un movimiento desde el cuadrante inferior izquierdo hacia el cuadrante superior derecho, aunque sin escalas.
Las diferencias estructurales
Lo que distingue ambos episodios es su naturaleza. Los superávits gemelos del kirchnerismo fueron consecuencia de factores heredados y externos: un tipo de cambio real elevado después de la salida de la convertibilidad, el default de la deuda y un contexto internacional excepcionalmente favorable.
A medida que esas condiciones se moderaron y la política fiscal afectó los incentivos de sectores clave, como el energético, los resultados comenzaron a deteriorarse de forma sostenida hasta agotarse. En ese sentido, aquellos superávits tuvieron un carácter procíclico: surgieron gracias a un ciclo externo favorable y se desarmaron cuando ese ciclo perdió fuerza, dejando desequilibrios estructurales que se profundizaron con el tiempo.
Los superávits gemelos logrados durante la gestión de Javier Milei, en cambio, son el resultado de un plan de estabilización aplicado sobre una economía en crisis, con alta inflación, déficits fiscales persistentes, sin acceso razonable al crédito internacional y sin un contexto externo favorable. Su generación no dependió de precios internacionales altos, sino de una contracción sostenida del gasto público y del saneamiento de las cuentas públicas.
En ese sentido, presentan un carácter más estructural. Se construyeron en una fase recesiva del ciclo, como resultado de decisiones de política económica orientadas a recomponer la solvencia fiscal, y se sostuvieron incluso frente a shocks externos.
El ajuste del gasto funcionó como condición necesaria para corregir el déficit fiscal y eliminar el financiamiento monetario del sector público que alimentaba la inflación. Cuando el superávit surge de una política integral basada en disciplina fiscal, y no de un contexto transitorio, tiene más posibilidades de sostenerse más allá del ciclo económico.
La diferencia entre heredar un equilibrio y construirlo desde el desequilibrio, así como entre preservarlo o erosionarlo, es clave para entender por qué algunos equilibrios macroeconómicos logran sostenerse en el tiempo, mientras otros terminan desarmándose.
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